Alfonso esperaba paciente sentado en la misma banca del parque principal de su pueblo natal, ese pueblo que lo vio crecer, ese lugar mágico empotrado en lo alto de la cordilleras. Sus manos frías y humedecidas lo delataban, estaba nervioso, era claro, y aunque Alfonso se lo negara a sí mismo no podía ocultar el miedo que sentía al recordar lo que decía aquel telegrama que recibió hacia ya 17 días, se preguntaba que era eso tan grave que le tenía que decir el amor de su vida, como él llamaba a esa persona que le hizo ver la vida de otra manera. Llevaba un vestido gris de paño que había heredado de su abuelo Agustín, un traje que solo usaba para ocasiones especiales y ésta no era la excepción pues estaba a punto de reencontrarse con esa persona que le hacia estremecer su cuerpo y su alma.
Eran ya las 5:43 minutos de la tarde del 14 Abril de 1920, una tarde fría más fría de lo normal. Alfonso termina su cigarrillo y alza la mirada y justo frente suyo estaba el amor de su vida, la persona a la cual no veía desde hace 278 días, si Alfonso contaba los días para verle; se levantó, se miraron fijamente y Alfonso escuchó algo que hubiera preferido no escuchar. “Alfonso a pesar del amor tan puro y sincero que siento por ti hoy he venido a decirte que no puedo volver a verte nunca mas, dejarás de recibir mis telegramas, no puedo darte razones pero quiero que me recuerdes siempre como yo lo haré, que en cualquier lugar del mundo donde te encuentres tengas presente que estás en mi corazón y que mi alma se queda contigo” Alfonso se queda sin palabras, se sienta nuevamente en la banca mientras las lágrimas recorren sus mejillas. Mira como la persona que ama se pierde entre la multitud y dice: ” Y mi alma se va contigo, contigo para siempre Antonio.
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